Política

«Toledo hará lo que yo mandare: hable Burgos»

     Recogía Francisco Martínez Marina (h. 1813), con el inusitado anacronismo romántico, unas consideraciones sobre la ciudad de Burgos: «Pero después de su restauración por el famoso Infante y Rey don Pelayo ganó Burgos aquella antigüedad y preeminencia que Toledo perdió por haber venido a poder de moros, y así quedó declarada por cabeza de todos los reinos de las Castillas y con el primer voto y voz». Al margen de los errores históricos nos interesa este breve fragmento por servirnos de introducción a la rivalidad que hubo entre Toledo y Burgos por la primacía en las antiguas Cortes. Es decir, el privilegio de sus procuradores por pronunciarse sobre cualquier decisión en primer lugar y servir de portavoz al resto de las ciudades representadas.

       Burgos era, y es, cabeza de Castilla por haber servido de epicentro demográfico, económico y político al incipiente condado que ganó su autonomía. Sin embargo, la toma de Toledo supuso la integración de la antigua capital goda en un nuevo esquema político en el que perdía la independencia que había gozado bajo la dinastía de los Banu dil-Nun. En 1093 Toledo recibió por medio de la bula Cunctis Sanctorum un paliativo a tal situación. Urbano II concedía a su viejo compañero Bernardo de Sédirac (arzobispo de Toledo) la primacía sobre el resto del territorio eclesiástico hispánico. Esto evidentemente levantó tensiones con el resto de sedes arzobispales que pugnaban por el mismo título por las implicaciones políticas y fiscales que conllevaba. Hacia 1120 la sede burgalesa se declaraba agraviada por la política fiscal de Raimundo de Salvetat –sucesor de Bernardo de Sédirac- que favorecía a Toledo y perjudicaba a Burgos. No obstante, el principal campo de batalla no será el terreno eclesiástico, pues la discusión sobre la primacía se saldó con victoria toledana durante el pontificado de Eugenio III.

Catedral Primada de Toledo.jpg
Catedral Primada de Santa María de Toledo.

     En las Cortes, Burgos ostentaba de facto la primacía en voz y voto. Pero esta situación cambió en las Cortes de Alcalá de 1348 bajo Alfonso XI de Castilla. Los procurados de ambas ciudades debatieron acaloradamente: Toledo reclamaba la primacía en base a su condición de Primada y en ser la antigua Corte goda. La discusión se extendió al estamento nobiliario: los Lara apoyaron a Burgos mientras que el infante don Juan Manuel apoyó a Toledo. Ante el cariz de la riña, Alfonso XI tomó una decisión resolviendo la disputa con la siguiente fórmula: «Los procuradores de Toledo harán lo que yo les mandare, yo hablaré por ellos; que hable Burgos». Esto es, Toledo sería representada de manera dual: sus procuradores y por el Rey; sin embargo, sus procuradores no actuarían como primados en las Cortes, sino que serían los de Burgos quienes conservarían el privilegio. Todo quedaría igual que antes del conflicto: Burgos se sentaría en el primer banco mientras que Toledo se sentaría en un banco frente al rey.

Ordenamiento de las Cortes de Alcalá (1348).png
Ordenamiento de las Cortes de Alcalá (1348).

     Evidentemente no contentó esta solución a Toledo, puesto que sus procuradores volvieron a levantar quejas en las Cortes de Valladolid en 1351 convocadas por Pedro I de Castilla a instancias de Alburquerque. Pedro I mantuvo la fórmula de su antecesor. Y si bien pareciera que funcionó a lo largo de su reinado fue que, salvo una notable excepción, no se convocó ninguna Corte más. Resurgiendo el debate durante el reinado de Enrique III en las Cortes de Toledo (1402-1403). Corte en la que los procuradores de Toledo se habían aprovechado de que se celebraban en su ciudad para ocupar el banco reservado a los burgaleses. Debido a la negativa de abandonar el banco, Enrique III ordenó sacar a la fuerza a los procuradores toledanos.

            Tres más años más tarde reapareció la disputa en otras Cortes de Toledo. Aunque aquí la disputa fue a cuatro bandas entre los de Burgos, Toledo, León y Sevilla y se volvió más agresiva puesto que se amenazaron unos a otros entre gritos y golpes. Y más tarde en 1442, Enrique IV se vio en la necesidad de conceder un privilegio temporal a los procuradores de Segovia para que actuaran primero y se evitaran problemas entre Burgos y Toledo.

            En fin, el conflicto desbordó los límites cronológicos del medievo y se encuentraron aún ecos durante el reinado de Felipe II durante las Cortes de Madrid de 1566 y 1570.  Viéndose en la obligación Felipe II de repetir la fórmula dictada por Alfonso XI: «Toledo hará lo que yo mandare: hable Burgos».

David Pasero Díaz-Guerra.

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