Historia de la Iglesia

El clero en la Edad Media

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San Pedro, un obispo y un diácono, tallas de un retablo alemán de mediados del siglo XV.

Lo primero que hay que destacar es que no todos los clérigos fueron iguales. La ordenación era el rito sagrado a través del cual todo clérigo quedaba constituido en la jerarquía de orden. Mediante la ordenación, un laico pasaba a ser clérigo (por la tonsura) o un clérigo ascendía a un grado superior. Quien quería seguir el camino de las órdenes hasta el sacerdocio, tenía que seguir unos cursos de formación humanística y teológica en las escuelas de nivel medio de la catedral y las situadas en las principales ciudades de los obispados.

Para el acceso a las órdenes se exigía una justificación de medios de subsistencia, fundamentalmente un beneficio eclesiástico. Además, para ser clérigo eran necesarias, al menos en teoría, las siguientes condiciones: ser varón, libre, ser hijo legítimo, poseer ciertos conocimientos y una carta de presentación para las órdenes sagradas.
El vestido y el comportamiento eran los signos externos de la vida clerical. Todos los clérigos debían llevar la tonsura abierta y la barba afeitada. El vestido no debía ser abierto, ni tan largo que arrastrara ni tan corto que se vieran las piernas; tampoco se debían usar los colores rojo, bermejo o verde. De manera especial se les prohíbe el uso de las armas.

Los clérigos gozaron de unos privilegios constantemente defendidos por la legislación eclesiástica. Así, numerosas exenciones, privilegios e inmunidades fueron concedidos sobre todo por los reyes a los clérigos, sus bienes y templos a lo largo de toda la Edad Media. Destaca en particular la inmunidad jurídica, según la cual el clero, sus domésticos y familiares no podían, al menos en teoría, ser juzgados, tanto en causas civiles como criminales, sino por el obispo diocesano o su vicario.

Es de destacar el fuerte espíritu corporativo que siempre tuvo el clero parroquial. Así, los clérigos beneficiados de las parroquias de cada ciudad, villa o pueblo solían agruparse en un cabildo con un clérigo (a veces llamado abad) a su frente. Se trataba de un colectivo para la defensa de los intereses de todos y cada uno de sus miembros frente a cualquier poder externo.

Sin embargo, frente a este factor de diversidad y de imposibilidad de establecimiento de criterios generalizables de interpretación en un plano puramente socio-económico, parecen abrirse paso otros que ofrecen algunas posibilidades de aplicación extensa y que, en general, apuntarían a una percepción no exenta de rasgos negativos, a veces, incluso, muy negativos de esa sociedad clerical por parte del resto del conjunto social.

El frecuente absentismo en sus funciones por parte de muchos clérigos; la arbitrariedad de las promociones, repetidamente sometidas a vínculos personales completamente ajenos a cualquier razón de mérito de los aspirantes; la incultura general y específicamente litúrgica y sacramental de muchos clérigos o la palmaria inmoralidad con la que se conducían algunos de ellos, ofrecían un panorama bien desalentador, siendo difícil estimar su extensión real, pero siendo, en cualquier caso aspectos de la vida clerical ampliamente sujetos a denuncia desde diversas instancias.

Pero lo verdaderamente relevante, desde esta perspectiva, probablemente sea la propia toma de conciencia que se tuvo con relación a este estado de cosas y que hizo que tanto desde la realeza, con un variado conjunto de iniciativas, como desde el episcopado, sobre todo mediante la actividad sinodal y pastoral, como desde el propio clero común, mediante el recurso a la constitución de hermandades y cofradías clericales, se emprendiesen vías dirigidas a cambiar esta situación.

En cuanto al oficio clerical, podemos concretarlo en dos grandes obligaciones: la cura pastoral, el apostolado, la atención pastoral de los cristianos, de los hombres y mujeres, la celebración de los sacramentos en beneficio del pueblo cristiano; y en segundo lugar el culto divino, la celebración de los actos de culto.

Pero el clero también fue protagonista en otros ámbitos laborales. Desde diferentes niveles podemos contemplar la participación del clero en la vida política de la ciudad y de la nación. Diferentes motivos condicionaron la presencia del clero en las Cortes: los cargos extraeclesiásticos que ostentaron en la corte; la defensa de sus intereses personales; poder frenar en seguida las aspiraciones de los laicos cuando proponían en Cortes adoptar alguna medida contraria al clero; salvaguardar, en general, las prerrogativas de su estamento.

También ocuparon diferentes puestos de cancilleres o notarios y formaron parte de un órgano colectivo o Consejo del Rey, en el que se agrupaban los personajes que ostentaban los más importantes cargos, junto con otros notables que el rey convocaba cuando las circunstancias lo pedían.

monje-copista

Pero también había trabajos que les estaban prohibidos: la abogacía y la medicina, por ser consideradas contrarias a su estado; se les prohíbe la crianza de perros de caza para los laicos; ser juglares o bufones; asistir a los bailes; entrar en las tabernas; ser mercaderes o dedicarse a los negocios.

Teóricamente, los clérigos tuvieron asignado un trabajo propio que podía llenar las horas de sus días; igualmente hubo otros trabajos que les eran permitidos, mientras que algunos les estaban prohibidos. En la práctica, hubo clérigos que no cumplieron con sus obligaciones propias o las cumplieron mal, mientras que se entretuvieron en los trabajos no propios de su oficio clerical, pero que les estaban permitidos, o se entregaron a los trabajos que les estaban prohibidos.

Bibliografía:

-BAUCELLS REIG, J.: “L’Església de Catalunya a la Baixa Edat Mitjana”, Acta historica et archaeologica mediaevalia, vol. 13 (1992), pp. 427-442.
-DÍAZ IBÁÑEZ, J.: La organización institucional de la Iglesia en la Edad Media, Madrid, ed. Arco Libros, 1998, 78 pp.
-NIETO SORIA, J. M.: “El clero secular”, Medievalismo: Boletín de la Sociedad Española de Estudios Medievales, nº 13-14 (2004), pp. 95-112.
-SÁNCHEZ HERRERO, J.: “El trabajo del clero en la Edad Media”, Acta historica et archaeologica mediaevalia, vol. 18 (1997), pp. 91-134.

Redactor: Pau González Rodríguez.

 

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